Sea como fuere, Juan Iturralde es un autor musculado que controla bien el progreso de la acción y de los personajes, que sabe hacer hablar en diálogos bien manejados y creíbles y que utiliza los hechos históricos como contrapunto de una acción que nunca se paraliza o decae. La profesión de Iturralde, por otra parte, es un buen pretexto para que éste pueda acceder a un Toledo en donde los tribunales revolucionarios reaccionan con impotencia cruel ante el espectáculo de un Alcázar que no termina de derrumbarse. Aquí es donde, tal vez, Tomás Labayen se manifiesta más perplejo en una tónica que se sublima en las reuniones familiares, y, sobre todo, en los encuentros eróticos y furtivos con Luisa. Encuentros que tienen lugar, por cierto, en un barrio de Salamanca nada batido por las bombas, en contraste con el de Argüelles, originario de Labayen, en primera línea de fuego. Tomás Labayen acaba encarcelado en una tierra de nadie del espíritu. Un territorio de la angustia al que Juan Iturralde no termina de sacarle el fruto épico que de él obtuvieran autores tan de derechas como Agustín de Foxá (Madrid, de corte a cheka) o Wenceslao Fernández Flórez (Una isla en el mar Rojo). Iturralde maneja mucho mejor la mirada, las sensaciones de su personaje, en sus recorridos peripatéticos por el Madrid sitiado y sus andanzas jurídicas por el Toledo que asedia y a su vez se ve asediado por las tropas nacionalistas, desviadas de la ruta hacia Madrid con el fin de dar el golpe propagandístico que terminarían asestando. Días de llamas, en fin, es una buena novela y un magnífico testimonio, también todo un alarde de objetividad, pero nunca, como nos quiere presentar su editorial, “la mejor novela sobre la guerra civil española”. Esto es mucho decir en un terreno en el que se han movido André Malraux, Georges Bernanos, Ernest Hemingway o, entre nosotros, Max Aub, Arturo Barea, Manuel Andújar, el Camilo José Cela de San Camilo 1936 o el mismísimo Juan Benet. Dejémosla en una novela apreciable y más que digna a la que en próximas ediciones convendría depurarla de las numerosas erratas que la afean y hacen a veces enfadosa su lectura.
REVISTA DE LIBROS nº 54. Vicente Araguas. 2001
Sea como fuere, Juan Iturralde es un autor musculado que controla bien el progreso de la acción y de los personajes, que sabe hacer hablar en diálogos bien manejados y creíbles y que utiliza los hechos históricos como contrapunto de una acción que nunca se paraliza o decae. La profesión de Iturralde, por otra parte, es un buen pretexto para que éste pueda acceder a un Toledo en donde los tribunales revolucionarios reaccionan con impotencia cruel ante el espectáculo de un Alcázar que no termina de derrumbarse. Aquí es donde, tal vez, Tomás Labayen se manifiesta más perplejo en una tónica que se sublima en las reuniones familiares, y, sobre todo, en los encuentros eróticos y furtivos con Luisa. Encuentros que tienen lugar, por cierto, en un barrio de Salamanca nada batido por las bombas, en contraste con el de Argüelles, originario de Labayen, en primera línea de fuego. Tomás Labayen acaba encarcelado en una tierra de nadie del espíritu. Un territorio de la angustia al que Juan Iturralde no termina de sacarle el fruto épico que de él obtuvieran autores tan de derechas como Agustín de Foxá (Madrid, de corte a cheka) o Wenceslao Fernández Flórez (Una isla en el mar Rojo). Iturralde maneja mucho mejor la mirada, las sensaciones de su personaje, en sus recorridos peripatéticos por el Madrid sitiado y sus andanzas jurídicas por el Toledo que asedia y a su vez se ve asediado por las tropas nacionalistas, desviadas de la ruta hacia Madrid con el fin de dar el golpe propagandístico que terminarían asestando. Días de llamas, en fin, es una buena novela y un magnífico testimonio, también todo un alarde de objetividad, pero nunca, como nos quiere presentar su editorial, “la mejor novela sobre la guerra civil española”. Esto es mucho decir en un terreno en el que se han movido André Malraux, Georges Bernanos, Ernest Hemingway o, entre nosotros, Max Aub, Arturo Barea, Manuel Andújar, el Camilo José Cela de San Camilo 1936 o el mismísimo Juan Benet. Dejémosla en una novela apreciable y más que digna a la que en próximas ediciones convendría depurarla de las numerosas erratas que la afean y hacen a veces enfadosa su lectura.
BABELIA. Miguel García-Posada. 2001
El rigor constructivo lo lleva a combinar el monólogo con la evocación. La novela transcurre así en dos tiempos: el presente y el pasado inmediato,y en dos espacios: la checa donde el protagonista espera ser ejecutado en noviembre de 1936 y el Madrid de los primeros meses de la guerra que conoció en su condición de juez obligado a defender la legalidad y desbordado por la ilegalidad, fiel pese a todo a la causa republicana pero perplejo ante la magnitud y barbarie de la contrarrepresión, republicano convicto y miembro de una familia mayoritariamente rebelde.
El personaje de Tomás Labayen se configura así como un espléndido oximorón, como una contradicción viva, reconciliada en su persuasiva humanidad, que cuenta, analiza, escruta, detalla, vivisecciona lo que fue aquel Madrid y el desarraigo interior de quienes siendo fieles a la legitimidad política veían cómo sus cimientos parecían derrumbarse. Tal voluntad de imposible equilibrio lo llevará hasta una checa, donde compartirá su desgracia con otros desdichados. La condición problemática del personaje, soportada por una espléndida humanidad, hace de él un formidable punto de vista no sectario sobre los acontecimientos. A tales efectos contribuye de modo decisivo la magistral combinación de retrospección y monólogo que el autor lleva a cabo. Sólo alguien con un dominio absoluto de las técnicas narrativas era capaz de semejante prodigio gracias al cual la checa y la calle viven en continua ósmosis. Tal maestría es patente en el quebrado final, que deja la narración trágicamente interrumpida.
EL PAÍS. Rafael Conte. 1980
Si la guerra civil española ha tenido buena y mala suerte al ser tratada por la literatura contemporánea -buena en sentido cuantitativo y mala en el cualitativo, claro está-, en las letras españolas este mismo perfil se ofrece distorsionado al extremo: los testimonios son antes de combatientes que de artistas, aunque ambas condiciones se junten a menudo en un mismo testigo. ¿Qué puede haber impedido a un narrador del talento de Ramón Sender escribir la gran novela realista sobre la guerra civil? ¿Por qué el genio descriptivo de Barea se detuvo precisamente en la parte de su obra narrativa que a este tema se acerca? ¿Por qué Cela trasladó el debate a un plano de pesadilla moral, más que testimonial?
Poco a poco las esperanzas se desvanecen, los testigos de primera mano van desapareciendo, los acontecimientos se alejan. Si el viento de la historia determinó que en principio los testimonios narrativos a favor de los vencedores se ciñeran exclusivamente al territorio nacional -en el exterior, la batalla la perdieron desde los primeros momentos, tanto en las literaturas extranjeras con en la escrita en español fuera de España-, cuarenta años después la balanza se ha decantado implacablemente en su contra. Frente a la cantidad y calidad de testimonios narrativos producidos en el mundo entero a favor del bando republicano, los defensores del franquista hacen figura de excepciones cada vez más aisladas y curiosas.
Pero, desgraciadamente, las obras novelescas más valiosas que han tratado este tema son las que han apelado a su vertiente moral, tratándola también con fórmulas de moralistas y hasta abstractizantes. Mientras el testimonio de Gironella, que empezó muy bien, se despeñaba a cada nuevo título, los narradores más sabios construían fábulas morales, más que testimonios: así los propios Sender, Cela o Ayala.
Una excepción en las letras catalanas: Incerta gloria de Joan Sales. Hasta el largo reportaje de Max Aub se pormenoriza en exceso, el de Lera afloja su tensión al prolongarse. Todos, por lo general, reducen sus puntos de vista, renuncian a abarcar conjuntos para privilegiar casos y hechos particulares; en las mejores ocasiones estos casos producen obras importantes cuando alcanzan profundidad moral, como en algunas narraciones cortas de Ayala y Sender -el Réquiem, por ejemplo-, que se colocan en los primeros lugares de significación estética, al lado de algunos testimonios épicos, al estilo de fragmentos de Aub o L´Espoir, de Malraux.
Días de llamas, de Juan Iturralde, se coloca en primera fila de estos testimonios morales, y es, además, una de las más nobles excepciones a la afirmación que la llegada de la democracia no ha descubierto valores inéditos o libros escondidos a causa de la censura. He aquí la primera excepción de importancia. Iturralde surgió a la palestra literaria en 1975, poco antes de la muerte del dictador, con dos narraciones breves publicadas en un solo volumen: El viaje a Atenas y Labios descarnados. Eran en realidad dos versiones de un mismo tema, el viaje a los infiernos, a la muerte, de dos personajes diferentes pero significativos: un viejo guerrillero y militante comunista que regresa a su Grecia natal, encargado de una misión que puede llevarle a la muerte, y un viaje de un ex profesor y hombre de negocios en lucha contra su destino, que atraviesa una experiencia casi mortal para revisar su vida.
Pero este libro que acaba de aparecer fue en realidad la primera novela que su autor escribió y que tuvo que guardar en espera de tiempos mejores. Su primer libro, casi inadvertido, dejó constancia en pequeños círculos de especialistas de la presencia de un narrador riguroso y sereno, con ambición de objetividad. Días de llamas confirma y agranda esta presencia, a partir de hoy inexcusable.
Su testimonio de la guerra es nuevo, aunque parezca sorprendente a estas alturas. Es una visión interior, compleja y dividida. Son los meses iniciales de la guerra en Madrid y Toledo: el testigo, un juez, de familia conservadora y corazón progresista, sometido al huracán de los acontecimientos, espectador primero de una violencia que le subyuga y repugna al mismo tiempo, que intenta justificar en algunos momentos, domeñar en otros, ordenar siempre, para acabar sucumbiendo a ella después. Lo importante, en su entorno, no son los otros personajes, sino el contexto, en el que todos aparecen como víctimas y verdugos, como perseguidores y perseguidos, como "inocentes" agentes del mal. La violencia todo lo corrompe, y hasta la justicia se convierte en injusticia y terror, en mal absoluto. Se trata, pues, de otro viaje, de otro descenso a los infiernos. Una escritura pormenorizada, detallista y al mismo tiempo apresurada, sometida a un ritmo vertiginoso, donde los acontecimientos se agolpan en una serie acumulativa que, si bien puede acusar cierta monotonía y uniformidad -y ese es el único defecto tal vez de este libro ejemplar- perfora este peligro y lo disuelve en la pasión de un relato vertiginoso, de un monólogo objetivamente estremecido y, en el fondo disimuladamente acusador. Un examen de la conciencia degradada, por la degradación de la colectividad. Un testimonio implacable.
INSULA nº 407. Luis Suñén. 1980
La novela de Juan Iturralde recoge el relato de su protagonista, Tomás Labayen -detenido en el Madrid sitiado por las tropas rebeldes- en torno a su experiencia de los días de una guerra todavía no terminada. Labayen, fiel desde su personalidad paradójica a la legalidad del Gobierno de la República, ha sido detenido por un poder paralelo -personificado en la figura de Isidoro, un miliciano que le odia desde su primer encuentro- del que, intuye, no podrá librarse. Labayen traza desde la cárcel un análisis de su actitud ante un drama colectivo que incide -reciprocamente también- en su propio drama personal. Hijo de un coronel progresivamente desafecto a la República, hermano de un pusilánime capitán de artillería de ánimo complejo, enamorado de la esposa de un alto jefe político de las milicias, Labayen, desde su papel de Juez Especial de la Rebelión, contempla lo que pasa ante sus ojos con una apabullante sinceridad, con la absoluta inteligencia que proporciona la cercanía del inevitable desenlace. No es necesario aportar ahora más datos argumentales en un novela que, sin embargo, se encuentra llena de ellos. La historia de Labayen no es sino el caudal principal hacia el que afluyen todas las demás anécdotas: del mismo modo que todo sale de las páginas de la novela a través de un personaje que asume la omnipotencia de un autor que sabe, sin embargo, renunciar a su verdad a favor de la de su protagonista. Quiero decir con ello que el juicio de Iturralde coincide con el de Labayen, naturalmente, pero será siempre éste y no aquél quien lo emita, desde su plenitud de ente de ficción magistralmente trazado.
Con la extensa digresión de su personaje, Iturralde ha conseguido un análisis ejemplar de la guerra civil: el que parte de un protagonista arquetípico, representación cierta de un modo de contemplar los acontecimientos a través de una sensibilidad contradictoria, siempre crítica, temerosa y penetrante, tierna y sincera, Labayen ve lo que sucede con los ojos de la duda, consciente de sus limitaciones, pero decidido también a mantener una quebradiza fidelidad a sí mismo que será, al fin, lo que acabe de condenarle. Piensa -nosotros no somos ellos- que un terror no significa otro terror del signo contrario, por más que su virtual institucionalización provenga de una interpretación peculiar de la razón objetiva, del lado del que debiera inclinarse la balanza de la guerra, pero también la de la justicia representada por la legalidad defendida. El temor a los que juzgan en la sombra sin preguntar siquiera se equilibra, entonces, con la admiración hacia quienes luchan en primera línea, el escrúpulo frente a una actuación como juez, probable y obligadamente no imparcial, con la conmoción, la ternura y el deseo de unirse a ellos sentidos al paso de unos milicianos que "eran la negación de la marcialidad". Es el afecto hacia aquellos que luchan por una verdad necesaria, por más que empleen en ocasiones unos métodos que Labayen -que recuerda en el sufrimiento de la incomprensión ajena al Barea personaje de La llama- sabe injustos, arbitrarios, pero lógicos en cuanto surgen de una realidad fraguada tras años de ignorancia, de sujeción, de humillación y hasta de hambre. Piensa, sin embargo, que el miliciano que le reprocha los pecados cometidos por los de su clase hubiera hecho, en su lugar, lo mismo. A pesar de todo se ve condenado por aquellos en quienes contempla la causa justa, esa misma causa que él, lleno de contadicciones acepta sin entusiasmo formal: "...el que no puede estar con unos por nada de mundo, tiene que conformarse con estar los otros". No se trata, entonces, de una visión en la que las virtudes y defectos se repartan al gusto, sino de una meditación profundisima sobre un drama de doble faz. Tomás Labayen es una víctima de su propia actitud vital, de la coherencia dramática de su postura ante la realidad, de su posición decidida a favor de una actuación justa por encima de cualquier tentación de hacer de la necesidad virtud. Se trata, pues, de la interiorización de un espectáculo épico. La objetividad del juicio -y Días de llamas como Tomás Labayen, es una novela que pretende ser implacablemente objetiva-, el cuestionamiento de las conductas nace de la posición del protagonista y la conclusión moral del relato se deducirá, igualmente, de los datos que éste ofrece. Es obvio que es el autor, a través de su personal lectura de la historia, quien ofrece en su escritura estas y no otras conclusiones, pero al hacerlo desde unas coordenadas estrictamente literarias -un "desde dentro" que parece ser siempre el del personaje- convierte su discurso no sólo en un análisis de la realidad, sino también y por encima de todo en una gran novela. Desde luego, es una de las mejores novelas en torno a la guerra civil española.
Creo que para quienes en su día -o después- leyeron los dos espléndidos relatos que componían el primer libro de Juan Iturralde, la lectura ahora, de Días de llamas no habrá hecho sino confirmar la excepcionalidad sorprendente de su autor, su extraña maestría. Lo mismo podrá hacer quien -dado que Días de llamas se escribió antes que El viaje a Atenas y Labios descarnados, aunque se publicara después- emprenda el ejercicio inverso. Un ejercicio que resulta de utilidad cierta por cuanto revela como Iturralde ha construido sus narraciones desde unas preocupaciones que conforman un mundo de caracteres física y moralmente muy determinados. Así, el análisis del personaje principal de Días de llamas remite inmediatamente a los protagonistas de las dos novelas publicadas anteriormente por su autor: el viejo revolucionario de El viaje a Atenas y el hombre de negocios desencantado de sí mismo de Labios descarnados. Las tres novelas se refieren, con las obvias variantes. A lo que, siguiendo a Propp, podríamos denominar como "viaje peligroso". Un viaje -de vuelta, sobre todo, en los relatos que componían el primer libro de Iturralde- que, naturalmente, presenta para el sujeto toda una serie de peligros a ser salvados. Los protagonistas de estas tres novelas deberán superar los obstáculos que franquean el dintel de su propio destino, inexorable y presentido en El viaje a Atenas, deseado en Labios descarnados e injusto pero redentor en Días de llamas. Los tres personajes son unos héroes que se enfrentan en solitario a su propia historia entrelazada necesariamente a la historia común. Se trata de un periplo que, inserto en el ámbito elegido como lugar para la ficción, se nutre tanto de la reflexión generada por el sujeto como de los datos inducidos de su contexto. Y ahí es donde Iturralde introduce esa suerte de épica al revés que configura todo el esquema mental que guía la conducta de sus personajes. Ioannis Vithynos debe vencer, en El viaje a Atenas, su precariedad física y esquivar a la policía política del régimen de los coroneles si quiere regresar a París junto a Tania. El profesor frustrado de Labios descarnados se encuentra también con un cúmulo de obstáculos interiores -catalizados por la presencia cercana de la muerte en el mar- que le llevan a la revisión de una actitud vital siempre vista por él como ortopédica. Tomás Labayen, por su parte, encuentra a su paso hechos que configuran apresuradamente su idea del mundo inmediato en conflicto con su teoría moral y articulan así su posición verdadera en aquél. Mientras en el primer caso los obstáculos son físicos, es la propia conciencia la que va creando las soluciones de continuidad necesarias para cuestionarse a sí misma -el protagonista de Labios descarnados va ordenando los estímulos exteriores ante los que se ve obligado a reaccionar de inmediato, aún en medio de la paradoja o la duda- en Tomás Labayen. Se trata en esencia de tres dramáticos caminos de perfección en los que la muerte -o su proximidad- y el sueño -como develador de claves ocultas- juegan un papel fundamental, ya como obligado fin de viaje, ya como origen de la reflexión de quien, por una razón u otra, intuye que se acaba su existencia propia. Esto adquiere en Días de llamas un especial valor, pues al hilo de ese discurrir es como se verifica el análisis del conflicto general en que se produce. Se establece, por tanto, una corriente que abastece de datos el juicio de la realidad y profundiza en la posición del protagonista ante ella. Y como toda progresíón, como toda disposición de elementos ordenada a una conclusión más o menos explícita. Días de llamas procura al lector la ineludible necesidad de seguir su historia, de dejarse captar por ella desde su inicio hasta su desenlace a través de una dosificación perfecta de los recursos de la intriga. Quiero decir con esto que Iturralde conoce también todos los recursos y asume los logros mejores de la novela más tradicional para procurar al lector el gusto por una entrega sin reservas, por asegurar una fidelidad imposible de ser quebrada. Y todo sin renunciar a nada, absolutamente a nada, de lo que a la escritura le corresponde como principio y fin de la historia, a nada de lo que el estilo manifiesta como carácter definidor de quien lo posee.
LA ESTAFETA LITERARIA. Constantino Bértolo. 1980
Es a través de esta conciencia individual y colectiva que recuerda y se forma al mismo tiempo, como la novela cruza sobre el tiempo histórico y cotidiano de la guerra civil estableciendo un friso interior de la tragedia, que atisbamos en todo su carácter de desgarro, terror y desespero, sin que en ningún momento lo reflexivo caiga en trascendentalismo, lo político en burda militancia o lo anecdótico en estética de fascículos, y es este conjunto de altas y pequeñas virtudes, la capacidad de saber contar encantando, lo que convierte al libro de Iturralde en una novela imprescindible.(...)
EL CORREO ESPAÑOL Manuel Cerezales. 1980
DÍAS DE LLAMAS
Juan Iturralde es el seudónimo de José María Pérez Prat, escritor que empezó tardíamente su carrera literaria. Nació en 1917 y publicó su primer libro en 1975, en Barral Editores, firma ya desaparecida. Días de llamas, novela muy extensa, deja adivinar que al decidirse a dar la estampa su primera obra, cuando se aproximaba a los sesenta anos de edad, había ejercitado su vocación literaria desde mucho tiempo atrás. Esta conjetura se basa en la evidencia de que no es libro de escritor primerizo ni de aficionado que dedica sus ocios a ia literatura. Novelista cabal y escritor culto, ha asimilado innovaciones narrativas de estos últimos años, incorporando algunas de ellas a un modo tradicional, sin incurrir en trasnochadas experimentaciones.
La acción de la novela se desarrolla en tiempo y espacio claramente delimitados: la vida en Madrid durante los primeros meses de la guerra civil, iniciada el 18 de julio de 1936. Tema trillado, obvio es decirlo. Pero el acontecimiento fue de tal magnitud y con tales implicaciones que está lejos de haberse agotado como primera materia para el relato, histórico o imaginario. Juan Iturralde ha escrito una narración testimonial, ligando la acción novelesca a hechos históricos de sobra conocidos, que se sucedieron en aquellos meses. Además de reflejar estos hechos desde el punto de vista de un personaje de ficción que los vive intensamente, reconstruye el ambiente con realismo imaginativo, recurso vedado al historiador.
No es fácil en esta novela discriminar la experiencia del novelista de ias informaciones y testimonios ajenos, sean de carácter personal, sean de índole documental. El producto de las observaciones del autor y las aportaciones de otros testigos son transferidos a! protagonista, narrador en primera persona. El autor nos dice que los hechos históricos o individuales, son reales y que apenas ha tenido que desfigurarlos para integrarlos en el cuerpo narrativo. Lo importante es que sean verosímiles.
La tragedia de la guerra civil repercute no sólo. en el comportamiento y en el destino de las personas, sino también en la vida interior, perturbando las conciencias con disyuntivas cuyas opciones confluyen en una única salida: la muerte. En estos planteamientos estriba el mayor interés de la novela. La guerra no está vista desde uno de los lados opuestos ni siquiera desde una posición neutral. Los personajes se ven atrapados y sin posibilidades de actuar libremente, de acuerdo con sus convicciones. A veces son impelidos a hacerlo en contra de sus ideas, y no sólo por miedo, aunque el miedo, en aquellos días de terror, condicionaba fuertemente las conductas individuales, sino porque no encontraban respuesta satisfactoria a sus contradicciones intimas. El protagonista es juez. Desea el triunfo de las fuerzas republicanas, pero se ve obligado a formar parte de los Tribunales Populares, respaldando con su presencia las mayores iniquidades. Colabora con los suyos en el puesto que le asignan, pero tiene que hacerlo desoyendo los imperativos de su conciencia moral y profesional. Un hermano suyo, oficial de artillería, de integridad moral intachable, cae en el frente, asesinado por sus propios compañeros, que sospechan de su lealtad. Un cuñado, capitán del Ejército, partidario acérrimo de los militares sublevados contra la República, acepta el mando de un batallón de milicianos porque de su aceptación depende su vida, que estaría dispuesto a sacrificar sin la menor vacilación, y la de su mujer, de ideología izquierdista. Una familia cuyos miembros, a pesar de sus diferentes maneras de pensar, convivían pacificamente, se ve sacudida moral y físicamente por el vendaval asolador de ia guerra civil. Cuanto ocurre a esta familia tiene un sentido simbólico como síntesis del gran drama colectivo que en aquellos momentos se representa sobre la geografía española.
DIARIO 16. Carmen Marín Gaite. 1979
Las novelas sobre nuestra guerra civil me producen un cierto recelo debido a que el resentimiento y el partidismo desde el que suelen estar escritas se refleja en la presión agobiante que ejercen sobre el lector, obligándole a rechazarla y a preferir cualquier estudio histórico sobre el tema, más que invitándole a degustar el texto como creación literaria. Este perjuicio es el que me hizo tomar entre las manos con aprensión el libro que hoy comento y que la Gaya Ciencia, sin la menor albarca ni presentación previa, ha puesto recientemente en circulación. Pero aquella aprensión se deshizo pronto, dando paso al alborozado estupor con que acogemos los prodigios inesperados.
¿De dónde sale este desconocido Juan Iturralde (tras cuyo seudónimo se oculta, al parecer, un abogado salmantino de 63 años), desde cuándo ha aprendido a escribir así ni cómo se las arregla para quebrar los planteamientos habituales y convertir en la ficción de la más pura cepa –sin hacerle perder un ápice de su escalofriante realidad- un mundo y unas coordenadas históricas que creíamos tener de sobra repasados y hasta aborrecidos, reavivando la llama de los días y acontecimientos que el relato evoca?
El secreto de Juan Iturralde creo que reside en que ninguna de las noticias que nos da ni de las situaciones que retrata está traída a colación por sí misma ni con el ánimo de emitir juicios de tipo político, sino como pretexto para analizar el proceso mediante el cual una serie de síntomas confusos e incomprensibles se van convirtiendo en el cáncer que implanta su ley dando al traste, en espiral irreversible y vertiginosa, con el ritmo cotidiano de la vida. La transformación de esta cotidianeidad, evocada en vivo a través de la angustia y de la incomprensión que produce la constatación de su pérdida, ése es el verdadero tema de la novela.
El juez Tomás Labayen, a quien Iturralde ha cedido las riendas del relato en primera persona, trata de sobrevivir en el remolino que le arrastra, a base de conservar el descontento, la lucidez y la piedad, resistiéndose, cada día más a contrapelo, a abdicar de su condición de persona ni de su perplejidad ante la presencia insoslayable de unos acontecimientos que se atropellan en alud sin tiempo para ser reseñados. Pero sus preguntas se ven progresivamente desplazadas por la sensación de que todo es inútil, ciego, fatal, por la certeza de que no se puede esperar lógica, ayuda ni piedad ni nadie. Y en el seno de este desconcierto, requerido por argumentos profesionales, y familiares, zarandeado por sus cábalas y las ajenas, se va adaptando a vivir en un mundo de supervivientes, entre los discursos que la gente elabora como castillos en el aire, atento a los desajustes de su cuerpo, a los recuerdos, sin aroma, mustios y vivos a la par que le asaltan destilando dolor y podredumbre. Los rostros de los muertos que, en razón de su oficio, se ve obligado a contemplar, las diligencias para salvar a un hermano preso, las mentiras piadosas para aliviar la angustia de sus padres, enajenan su caminar sonámbulo por la ciudad –Madrid-, que a duras penas logra reconocer como el escenario de unos amores a los que vivía entregado inmediatamente antes de estallar el caos, calles por las que ahora circula extranjero y aterrado, retazos de un mundo ya no añorado siquiera, irremisiblemente arrastrado hacia el verdadero de lo proscrito. Y la evocación de aquella historia de amor se va haciendo cada día más ardua e irreal, caído del séptimo cielo a una geografía hostil e incomprensible y de ésta a una injusta prisión condenado a darle vueltas inútilmente a su pensamiento a toda velocidad, pero en el vacío, como un coche volcado con las ruedas girando al aire ya para nada. No hay lugar suficiente aquí para analizar tan detalladamente como merece el estilo de esta excepcional novela que coloca a su autor, de la noche a la mañana, entre los maestros de un género tan discutido como perpetuamente capaz de resurrección.




