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El Viaje a Atenas

LAS BOTAS BOSTEZANTES

Ioannis emprende un largo viaje con dos vertientes superpuestas: una exterior y otra interior. En la primera parte de la novela, y en el plano “externo”, Ioannis, el protagonista,sale de París y cruza, a bordo de varios trenes, diferentes países europeos hasta llegar a un lugar de Grecia, para continuar viajando por dicho país y a través de las calles de Atenas. Durante el trayecto describe, de una forma muy plástica tanto sus sensaciones como a los personajes y escenarios con los que se va encontrando en el camino. Pero Ioannis no es un viajero mas que regresa a su patria, es un revolucionario cansado y enfermo que aprovecha su estancia en el tren para relajarse y realizar, en paralelo, su propio viaje interior al pasado.

Se dice que hacia los 50 años ha llegado la hora de la verdad, y dicha afirmación parece ser cierta en el caso del protagonista que ha sido “combatiente, prisionero, combatiente, emigrado, enfermo crónico, aprendiz de revolucionario...”(sic). Dentro de él se agolpan sentimientos de odio hacia los represores; de amor, personalizado en Tania, su compañera;de inseguridad, producto de la enfermedad, de cuerpo y alma, y de la certeza creciente de un mundo, dividido en Este y Oeste, que poco tiene que ver con lo que él pensaba o deseaba. En la segunda parte, tras 23 años de ausencia, la llegada a su ciudad, Atenas, le depara pequeñas alegrías, retazos de gratos recuerdos, ternura, sensualidad, sexualidad..., pero también comprueba que son muchos los signos de un nivel de bienestar que él creía pura propaganda de la Dictadura de los Coroneles. Empieza a pensar en la inutilidad de la acción encomendada y a dudar de sí mismo y de sus jefes, sintiéndose cada vez mas enfermo y más harto hasta llegar a un estado en el que no le importaría morir. La muerte aquí no tiene matiz pesimista, sino que surge como el final natural de un ciclo, de una forma de pensar y vivir que ha desembocado o esta derivando hacia otra, ni mejor ni peor, sino diferente.

“El viaje a Atenas”, una novela realista, política, humana y existencial, se lee de un tirón y la escritura ágil y certera de Juan Iturralde, seudónimo de José María Pérez Prat, hace que el lector viaje de la mano de Ioannis, vea a través de sus ojos y viva cerca de su corazón el ocaso de una época con todos los sentidos a flor de piel. Solamente hacia el final, el texto se vuelve un tanto farragoso pero, para entonces, el lector ya esta completamente enganchado con la trama. Y lo que no sabrá, hasta que no haya terminado la lectura, es que Ioannis pasara a formar parte de ese grupo de personajes inolvidables que se quedan allí, colgando, en algún lugar de la mente.

Victoria Eiroa

Una testamentaría y tres dedicatorias.

A la memoria de José María Pérez Prat

Hacía ya muchos años que había muerto mi abuelo y su testamentaría seguía sin hacer. Era una cosa muy complicada, con muchísimas acciones de dos duros cada una, pero que había que valorar y repartir. Su viuda, mi abuelastra, estaba preocupada y quería terminar con aquello antes de que se uniera a la suya y me dijo que había decidido que no la hiciera mi padre, que se la había dado a un amigo suyo, sobrino de una compañera de colegio de ella, que era abogado y al que yo conocía por haber visto una o dos veces en su casa, de visita: José María Pérez Prat. También había decidido que, de las tres nietas de mi abuelo, era yo la que tenía que ayudarle, porque él estaba espantado de lo que se le venía encima, porque no se dedicaba a testamentarías, porque se negaba a semejante tarea solo y porque yo era la única de las tres que tenía algo que hacer (a mi abuelastra le mejoraba el cutis amargarle la vida a los demás). A mi el encarguito me cayó como un tiro. Tenía dos hijos muy pequeñitos, muchísimo trabajo y me molestaba que hubieran dejado a mi padre fuera, lo que, por otra parte, a él le tenía encantado por librarse de semejante muerto.

Así es que, de muy mala gana, llamé al teléfono que me dio mi abuelastra y hablé con un señor adusto y malhumorado, que estaba furioso de haberse sentido obligado a aceptar el encarguito, que me dijo varias veces que, o lo hacíamos todo juntos o no lo hacía y me dio un horario inflexible para ir yo a su casa a trabajar con él y, si no me venía bien, me aguantaba. Le dije que no tenía ni idea de cotizaciones de bolsa y me contestó: Yo tampoco, ya somos dos y colgó.

Al menos, vivía a una distancia de mi casa que me permitía ir andando y, el día en que habíamos quedado, a media tarde (había decidido él que íbamos a trabaja dos horas, tres días a la semana, de cinco a siete), allí me encaminé maldiciendo a los genes que me incapacitaban para decir que no. Llegué a su casa, moderna, lujosa y bonita (yo había pensado que sería una especie de cueva, por el tono en que me habló, antipático y seco) y me abrió la puerta un señor muy mayor, mucho mayor en apariencia de lo que era realmente; con todo el pelo blanco, menudo y de una intensa mirada que le daba una belleza extraordinaria. Fue educado, pero distante y seco, me dio la mano y me pasó rápidamente a su despacho y, en la mesa, uno frente a otro, nos pusimos en el acto a calcular los valores de las acciones, con los que le habían dado en el Banco de España.

Tras más de una hora sin levantar cabeza y sin decir más palabras que las necesarias para la tarea que realizábamos, mirando a lo que hacía y, como hablando solo, exclamó: "Tu abuelo era un imbécil"; levantó la cabeza y me miró, completamente serio, pero con los ojos muriéndose de risa. Le miré, completamente seria y le contesté: "Y un miserable"; "Un meapilas", me respondió, con una sonrisa; "Un cobarde", añadí yo. "Un cabrón", remató él. "¿Conocías bien a tu abuelo?, ¿sabes toda su historia?"; le respondí que sí. Se puso de pie y, tomándome de la mano, me llevó a su cuarto de estar, a un sofá blanco con flores pálidas, que recuerdo como el sofá más grato en el que me haya sentado nunca porque en él pase larguísimas tardes de maravillosa charla con una de las más extraordinarias personas que he conocido, que he tenido la suerte de tener junto a mi en mi vida. Me pidió que le contara la historia de mi abuelo, la versión que me habían dado mis padres porque él solo conocía la que le había dado mi abuelastra y le parecía rara. "Ya que me va a dar tanto trabajo, al menos, conocer bien cómo fue". Yo le conté la historia de mi abuelo, pero él a mi la suya, sus oposiciones, su boda, la llegada de sus hijos., me presentó a su mujer, tomé el te con ellos, querían que me quedara a cenar ¡es que eran las diez!, llevaba cinco horas allí. Tenía que volar a casa, pero me dijo que antes me iba a dar una cosa y me trajo un libro: "Labios descarnados", de Juan Iturralde. Le dije que tenía un amigo que se llamaba Iturralde, pero que era músico: "Se te dan bien los Iturraldes, a este lo vas a conocer y os vais a gustar". Me dijo que volviera a los dos días, pero que fuera cuatro horas, dos para trabajar y dos para hablar y que llevara leído el libro (como quien pone una tarea y que se lo llevara, porque, si me gustaba, se lo daría al autor para que me lo dedicase). Lo comencé con desgana, para darle gusto a aquel ser que se me había descubierto como encantador y con una de las conversaciones más amenas que había tenido la suerte de mantener y no pude dejarlo. Magníficamente escrito, con una prosa fluida y perfecto dominio del idioma, la historia te prendía y te obligaba a continuar.

A los dos días regresé a su casa, caminando deprisa y contenta. Me abrió la puerta con una ancha sonrisa y nos pusimos a trabajar. A las dos horas en punto, paró y me espetó: ¿Qué te ha parecido el libro? Se lo dije y hablamos durante largo rato sobre él. Estaba muy contento, pero, cuando le dije que era un libro escrito por alguien muy machista, se indignó y estuvimos discutiendo acaloradamente. Al final, me dio la razón. Eso me dejó sorprendidísima. Nunca una persona de genio tan vivo y tan mayor, había aceptado equivocarse ante mi de ese modo. Me tenía que ir corriendo, volvían a ser las mil: "Te dejo el libro para que me lo dedique tu amigo ¿de qué lo conoces?"; me lo coge de la mano, se va al despacho, lo abre, y tomando la pluma escribe dentro: "Para Ana, víctima, como el autor, de los avatares de la testamentaría de su abuelo, pero que me ha dado la ocasión de conocerla, con el afecto de Juan Iturralde. a) José M Pérez Prat. 17-Enero-1988". Hubo grandes risas, le llamé mil veces tramposo, abrazos, besos y me fui a casa dando saltos por la alegría de que aquel ser magnífico no se quedara, como tantos otros, en el ámbito doméstico. Escribía e iba a dejar su voz a los demás, no sólo su precioso recuerdo a los que teníamos la suerte de conocerlo.

En la siguiente visita, me regaló "El viaje a Atenas" y dentro (como una obsesión): "Para Ana, víctima del testamento de su abuelo, con el agradecimiento de su nuevo amigo viejo. Juan Iturralde - José M. Pérez Prat. 24-Enero-1988". Una novela magnífica y verdaderamente asombrosa. Mi nuevo amigo había nacido en 1917 y había comenzado a escribir en 1975, a los 58 años. Parecía imposible que siendo un escritor como el que era, hubiera podido permanecer en silencio todo aquel tiempo y llegué a pensar que el enorme cariño que había despertado en mi por su proximidad, su naturalidad y la campechanía e igualdad con que me trataba, me estuvieran cegando un poco y busqué y encontré críticas deslumbradas, rendidas, admiradas. Me sentí muy feliz del nuevo privilegio que la vida me regalaba.

Continué trabajando y charlando con él y pocos placeres intelectuales he tenido como el de la conversación de Juan Iturralde de cómo me contaba su modo de escribir y del por qué y el cómo de lo que escribía. Y pocas sensaciones de ternura, de haber encontrado al abuelo que nunca tuve, como la que sentía junto a José María Pérez Prat.

Yo sabía que había publicado otra novela que le dio una fama momentánea como algo magistral sobre nuestra guerra última, pero no conseguía encontrarla y a él no le quedaban ejemplares, así es que me la contó entera y todo su proceso creativo, regalándome unas horas deslumbrantes en que, como una niña, sentadita, en silencio y abrazada a mis piernas, le escuchaba hablar, lleno de pasión creativa.

El día uno de febrero, imprevisiblemente, murió mi abuelastra. José María estaba en Canarias y mandó un telegrama afectuoso a mi madre y una larga carta a mí en que se lamentaba de que la testamentaría de mi abuelo ya no tuviera ningún sentido y me pedía que no dejara de ir a verlo. Una carta tierna y preciosa, como él.

Tuve unos meses vertiginosos en que quité dos inmensas casas, repartí muebles, cuadros, tasé, embalé, di de baja luces, gases. y atendí a mis bebés. De vez en cuando, nos llamábamos y hablábamos nunca menos de una hora por teléfono. De pronto, en una estantería que estaba vaciando en casa de mis abuelos. "Días de llamas". A la carrera, casi sin cerrar la puerta, a primera hora de la mañana, como si fuera a mi casa y sin avisar, me planté en casa de Juan Iturralde y le tendí el libro que estaba dedicado a mi abuelastra. "Tenía que ser este, por eso no encontrábamos otro", me dijo y, en la segunda página escribió: "A Ana, joven y tierna amiga a quien tengo la sensación de haber conocido toda la vida. Con todo el afecto de su viejo y pellejo "abuelo". José María".

Leí aquel libro, lo único ya que podría leer de él, porque sólo escribió esas tres novelas en su vida, como si me fuera la vida en ello. Y le llamé deslumbrada y feliz. Hablamos horas y, ante mis lamentos de que sólo tuviera tres novelas, con voz de niño pícaro, me contó un secreto, estaba terminando una novela, la mejor: "Hans y las lluvias de abril". Era muy larga y se había sentido muy bien en ella. Me la contó entera e incluso me permitió discutirle cosas. Quedé con taquicardia de ansiedad y me prometió una copia que nunca llegó, por desgracia, por terrible desgracia.

Hablamos varias veces más, me leyó fragmentos de su magnífico Hans, pero en octubre, de pronto, murió mi padre. También José María estaba en Canarias pero sus llamadas de teléfono fueron el mayor consuelo que tuve en esos días. Una larguísima enfermedad de mi madre, su muerte a los nueve meses de la de mi padre, la muerte del hermano de mi padre, dos meses después, la de mi madrina, quince días antes que mi madre, la grave enfermedad de mi hijo mayor. durante largo tiempo, no tuve más que la voz de José Mª Pérez Prat al teléfono, con palabras de consuelo desolado. Un silencio muy largo y, al fin una llamada. Casi no podía hablar. Había tenido una endocarditis y creía que un derrame cerebral porque le costaba pensar. Con un miedo extraño, en voz muy baja, le pregunté por Hans y hubo un largo silencio. "La he destruido. No me gustaba, quería escribirla de nuevo y ahora ya no podré". Rompí a llorar y le oí que lloraba. Colgamos. Fui a verlo varias veces, pero ya no era él, quedaba esa especie de abuelito maravilloso que me había adoptado pero en lugar de protector, como lo fue en la muerte de mi padre, desvalido y perdido. Ahora ya no está, no están ninguno de los dos. Juan Iturralde se fue, junto a José María Pérez Prat en abril de 1999, debía de ser en abril, y se fue con su "Hans y las lluvias de abril", pero nos dejó tres novelas espléndidas, sobre todo, "Días de llamas" y a mi el más tierno y hermoso de los recuerdos.

Ana Serrano Velasco

Un aliento que perdura

Por Mariano Navarro (publicado en la revista El Urogallo).

A la publicación en 1979 de Días de llamas sucedió un inmediato y unánime reconocimiento de la crítica más avisada a la categoría de su autor y a la importancia de la novela.(...)

(...) He de confesar primero que yo no la leí en el momento de su aparición, sino algunos años más tarde; como para otros muchos, la novela de Juan Iturralde me pasó desapercibida –indiferente resulta el porqué en mi caso personal, es relevante, sin embargo, que tal sea su situación para tantos a la hora de su reedición. Que desapareciera la editorial la GAYA CIENCIA lo explica sólo en parte, es igualmente cierto que los intereses de lectura y de mercado no le eran, en ese filo de los años ochenta en España los más propicios; creo también que ese desinterés es un síntoma que nos permite analizar con una exactitud sin alharacas ni triunfalismos lo ocurrido y proyectado durante estos últimos años en nuestra narrativa de éxito.

Supongo que era lógico que la novela no envejeciera. La perfecta simplicidad del texto del relato, lo bien sopesado de cada uno de los componentes, la elaborada verosimilitud, que alzaba una confesión personal a la categoría de lúcido y equitativo análisis histórico, no tenían porque sufrir merma de nigún tipo en un plazo de ocho años, y así ha sido. Casi una década después mantiene intactas su capacidad de sorpresa y la justicia de su interpretación.

Más raro me parece, sin embargo, que no sólo mantenga, sino que ahora se haga aún más relevante la coherencia con que se ensamblan en ella un proyecto y un modo narrativos, y aún más, que situándola junto a lo más renovador e interesante dado por los escritores españoles en los años transcurridos, respire con la misma fuerza y el mismo aliento que entonces. Se han seguido indudablemente, otras pistas; no creo que se haya llegado mucho más lejos; y no me refiero sólo a las novelas porteriores sobre la guerra civil, ni las descalifico por ello; hablo en general de la narrativa española de esta casi última década, e incluyo en ella lo más recientemente publicado.

Lo que a mis ojos distingue Días de llamas es que el narrador alcanza la grandeza y la profundidad de su visión no encarcelado en una “cheka”, sino sometido a la materialidad de los recursos narrativos; lo que seduce al lector y alza ante él la representación exacta de un mundo, desentrañándolo sin fatigas, no es el conocimiento histórico, sino la extensión y profundidad de las raíces sobre las que el texto construye su discurso propio; y resulta propio porque nada hay de mimético o sabido en ese alimentarse, sino, antes bien, exploración y búsqueda de un aprovechamiento más certero. Por decirlo con una imagen, Juan Iturralde consiguió ser Tomás Labayen en los trabajos forzados de la escritura.

Esa inscripción, en la veta más fecunda de la literatura española contemporánea, y el calado de su excavación, deparan al lector, como indudablemente depararon en el acto de la escritura al autor, la certidumbre de sus descubrimientos; hacen que el texto nos haga conocer más y conocer mejor.

La ruptura de la cotidianeidad


Prólogo a la segunda edición de Días de llamas
Carmen Martín Gaite.
Madrid 1987

Las novelas sobre nuestra guerra civil me producen un cierto recelo, debido a que el resentimiento y el partidismo desde el que suelen estar escritas se propaga a la presión, muchas veces agobiante, que ejercen sobre el lector. Una presión contraproducente a efectos de deleite y que, más que invitarnos a degustar el texto como creación literaria, nos lleva a preferir cualquier estudio histórico que establezca la saludable distancia entre lo que somos ahora y aquella época de nuestro pasado en cuyas heridas no es aconsejable hurgar por hurgar, pero que tampoco conviene cerrar en falso.


Recuerdo que este prejuicio fue el que ya hace nueve años me hizo tomar entre las manos con cierta aprensión la novela que hoy estoy prologando. Bien es verdad que aquella aprensión inicial debió venir compensada por la calidad que se desprendía del texto, y que compré la novela, apenas hojeada, sin que nadie me la hubiera recomendado. Y luego, cuando inicié su lectura, los prejuicios se esfumaron, dando paso al alborozado estupor con que acogemos los prodigios inesperados.

Días de llamas había sido puesta en circulación en 1979, sin la menor alharaca ni presentación previa, por la editorial La Gaya Ciencia, hoy desaparecida. ¿De dónde salía aquel desconocido Juan Iturralde -pseudónimo, según supe luego, de un abogado salmantino de sesenta años-, desde cuándo había aprendido a escribir así, y cómo se las arreglaba para quebrar los planteamientos habituales y convertir en ficción de la más pura cepa (sin hacerle perder por ello un ápice de su escalofriante realidad) un mundo y unas coordenadas históricas que creíamos tener de sobra repasadas y hasta aborrecidas, reavivando la llama de los días y acontecimientos que el relato evoca?

A aquellas preguntas, que ya me hice entonces, quiero añadir ahora que el libro, aunque no dejara de recibir elogios por parte de la crítica, corrió una suerte editorial muy por debajo de sus merecimientos, los cuales no quedan aminorados, sino por el contrario enriquecidos, con una segunda lectura del texto al cabo de casi un decenio.

Contada en primera persona por un condenado a muerte, que aprovecha la pausa de ese callejón sin salida para reflexionar, en busca de explicaciones retrospectivas, sobre el camino que le ha llevado hasta allí, la novela toma inmediatamente un vuelo muy ambicioso, que la hace superar el caso particular de ese individuo para alcanzar perspectivas testimonales mucho más amplias. Desde esa celda, donde el protagonista se ve obligado a reconocer que ha naufragado el sistema de valores que hasta entonces le mantenía en vida, se trata de revivir los días inmediatamente anteriores al estallido de la guerra civil, al tiempo que se va detallando el cambio casi imperceptible operado en la faz ciudadana. Se persiguen y analizan esos momentos límite entre la normalidad aún ficticiamente conservada y el cataclismo que va a acabar con ella, cuando las amenazas agazapadas estaban a punto de horadar la precaria costra de rutinas cotidianas con que los seres humanos pugnamos por elaborar nuestro refugio de espaldas a la idea de la muerte.

"Y allí estábamos envueltos en una bola de cristal plateado como las que adornan los árboles de Navidad, dentro de un mundo que sólo vivía de milagro."

Podría decirse que toda la novela es una exploración de este milagro, del imposible pacto entre el caos y el orden, un canto al equilibrio inestable fatalmente establecido entre el sentimiento de eternidad que a veces nos habita y la corrupción a que por la misma naturaleza humana estamos abocados.

"Y entre las apariciones y las desapariciones, un balancín que sube al sentimiento de que somos eternos y que baja hasta la certeza de que nos estamos corrompiendo y que nuestras vidas anteriores no han tenido otra razón de ser que la de madurarnos para el aniquilamiento."

El secreto de Juan Iturralde creo que reside en que ninguna de las noticias que nos da ni de las situaciones que retrata (aunque muchas de ellas rigurosamente históricas) está traída a colación por sí misma ni con el ánimo de emitir juicios de tipo político, sino como pretexto para analizar el proceso mediante el cual una serie de síntomas confusos e incomprensibles se van convirtiendo en el cáncer que implanta su ley, dando al traste, en espiral irreversible y vertiginosa, con el ritmo cotidiano de la vida: la transformación de esta cotidianeidad, evocada en vivo, a través de la angustia y de la incomprensión que produce la constatación de su pérdida, ése es el verdadero tema de la novela.

El juez Tomás Labayen, a quien Iturralde ha cedido las riendas del relato en primera persona, trata de sobrevivir en el remolino que le arrastra, a base de conservar el descontento, la lucidez y la piedad. A lo largo del relato se le ve luchando como un insecto patas arriba, resistiéndose cada día más a contrapelo a abdicar de su condición de persona. Es decir, no sólo busca y anhela la mera supervivencia física. Para él la vida consiste en conservar la perplejidad y el afán de pesquisa ante la presencia embrutecedora e insoslayable de unos acontecimientos que se atropellan en alud, sin tiempo para ser reseñados. Y en el seno de este desconcierto, requerido por argumentos profesionales y familiares, zarandeado por sus cábalas y las ajenas, se va adaptando a vegetar en un mundo de supervivientes. Trata de buscar su sitio como ser pensante, entre los discursos confusos, rutinarios o agresivos que la gente en torno suyo elabora a modo de castillos en el aire, atento a los desajustes de su cuerpo y a los recuerdos sin aroma -mustios y vivos a la par- que le asaltan por todas partes destilando dolor y podredumbre.

Los rostros de los muertos que, en razón de su oficio, se ve obligado a contemplar, las diligencias para salvar a un hermano preso, las mentiras piadosas para aliviar la angustia de sus padres, enajenan su caminar sonámbulo por la ciudad -Madrid-, que a duras penas logra reconocer como el escenario de unos amores a los que vivía entregado inmediatamente antes de estallar el caos. La atención a los datos de su vida azarosa y huidiza se mezcla en una proporción sabiamente dosificada con la descripción del decorado de la tragedia. Calles madrileñas de toda la vida, escenario de sus ilusiones y de algún momento casi sobrenatural en que la sensación dolorosa de lo efímero le hizo apreciar la gloria del presente.

"Me percibía en estado de gracia, o mejor dicho, no me percibía, me había vuelto incorporal e intemporal, como si no tuviera detrás de mí un pasado y delante un futuro nada apetecible; sólo el presente, sin memoria, sin inquietudes, sin preocupaciones, el presente en toda su plenitud, en forma de disolución de sí mismo en la luz licuada, en los troncos de terciopelo, en el olor a tierra húmeda, a corrupción suntuosa."

Calles por las que circula extranjero y aterrado, retazos de un mundo ya ni añorado siquiera, irremisiblemente arrastrado hacia el vertedero de lo proscrito. Y la evocación de aquella historia de amor -único leit-motif de dulzura entre tanta catástrofe- se va haciendo para Tomás Labayen cada día más ardua e irreal, desterrado del séptimo cielo a una geografía hostil e incomprensible, y de ésta a una injusta prisión, condenado a darle vueltas inútilmente a su pensamiento veloz y sin designio:

"Pensaba, pensaba a toda velocidad pero en el vacío, como las ruedas de un coche que hubiera volcado y que continuaran dando vueltas para nada."

Pero la guardia montada por la inteligencia del autor (esas ruedas que siguen girando en el vacío aparentemente para nada) mantiene la calidad del texto desde la primera página hasta la última, colocando a Juan Iturralde entre los maestros de un género tan discutido como perpetuamente capaz de resurrección. ¿No es la novela moderna, a fin de cuentas, el fruto de un esfuerzo denodado por equiparar el sentido de la vida con las mismas preguntas que el hombre se hace acerca de su sentido, aunque no tengan respuesta?

Un clásico de la novela novelesca

Por Manuel Longares (publicado en la revista Cambio16 el 16 de noviembre de 1987).

Cuando José María Pérez Prat recibe no hace mucho (hablamos del año 1987) un telefonazo de Ediciones B, sospecha que van a venderle libros. pero para su sorpresa, se entera de que quieren reeditar sus obras: dos novelas cortas y una larga, aparecidas en los años setenta con la firma de Juan Iturralde.

En la solapa de El viaje a Atenas y Labios descarnados, publicadas en un solo volumen por Barral Editores en 1975, se dice: "Juan Iturralde es el seudónimo de un escritor nacido en 1917 en una ciudad del reino de León". faltaba poco para que Franco muriese y José María Pérez Prat, salmantino y abogado del Estado, temía represalias.

Cuatro años después, cuando publicada en La Gaya Ciencia Días de llamas, unánimemente considerada como la mejor novela de nuestra guerra civil, el retrato de Pérez Prat aparece en el interior del libro,, porque ya se han cumplido las previsiones sucesorias. pero conserva el seudónimo de Iturralde en homenaje al único antecedente literario de su familia: su bisabuelo Ramón Esparza Iturralde, autor de En Navarra, una novela sobre la guerra carlista.

Miembro de una familia burguesa de siete hermanos, Juan Iturralde (José María Pérez Prat) estudia el bachillerato en los salesianos de Salamanca, los jesuitas de Chamartín de la Rosa y los marianistas de Ciudad Real. La prematura muerte de su padre en accidente de automóvil obliga a estos desplazamientos. Juan, que ya en los jesuitas ha escrito una novela sobre gauchos, cursará Derecho. el pariente que asume su formación le que estudie historia de España y de la literatura española para que se haga una idea de su país.

Hasta entonces, lo que Juan entiende por España le induce a militar en las Juventudes Tradicionalistas de Ciudad Real. Es cierto que no le han gustado los jesuitas, pero todavía no pone en cuestión sus convicciones religiosas y se encuentra de presidente de los estudiantes católicos cuando Franco se subleva el 17 de julio de 1936.


GUERRA Y PAZ. Su cargo e ideas le convierte en sospechoso para los republicanos. "Estaba convencido de que iba a perder la vida", recuerda con el mismo terror que mucho después consignará en Días de llamas. Catorce meses pasa sin salir a la calle hasta que, reclamado por parientes de graduación militar, se alista en el bando rojo.

Juan hace, pues, la guerra en la formación perdedora. Pero en 1939 no pasa por un campo de concentración, como tantos otros compatriotas suyos, porque ha sido requeté. La guerra le ha servido para leer lo que no pudo durante su bachillerato con curas. en la batería de Denia -dónde Conrad, Baroja, Valle, Spengler, Kipling y La conspiración franca, de Wells, figuran en su macuto- ha comenzado a discutir sus anteriores creencias. La posguerra franquista actuará de revulsivo.

Todavía de cabo de requetés, en La Solana, y al ciudado de los presos, se entera de las palizas que da la Guardia Civil a los detenidos. Ya licenciado del Ejercito, cuando se encuentra en Salamanca de exámenes patrióticos, oye hablar de los paseos franquistas. Terminada la carrera y preparando oposiciones a abogado del Estado es testigo de dolorosas injusticias por cuestiones ideológicas.

Juan ha dejado a los requetés por los falangistas, en la convicción de que son más abiertos. Ya abogado del Estado y destinado en Las Palmas, donde sigue recibiendo noticias de la represión franquista, rompe también con los azules. Tampoco quiere saber nada de la Iglesia católica, ante las dificultades que pone para seguir su doctrina.

En Las Palmas es un hombre descreído y profundamente liberal: "Lo que me ha repugnado siempre es el maniqueísmo". Se casa y, alternando su profesión, empieza a escribir con el afán de ser objetivo. tras lo que ha contemplado, le parece imprescindible "pintar con virtudes hasta los tíos más antipáticos".


OBRA PUBLICADA. Su primera novela, La gran algarabía, trata de la guerra civil que ha padecido. Escribe después Aventuras de Juan Davalillos, una historia de piratas, y la novela de ambiente canario Todos los días. Pero el autor no quiere publicarlas.

En 1953 regresa a Madrid. Pedro Lezcano y Alberto Oliart son sus amigos más directamente relacionados con la literatura. En 1958, la revista Blanco y Negro difunde dos cuentos suyos: El viaducto y Un concierto.

Con su novela corta, Lázaro, queda finalista en el premio Sésamo, de Tomás Cruz. Lázaro es el antecedente de Labios descarnados, que, con El viaje a Atenas, ve la luz en Barral Editores. Alberto Oliart gestiona su publicación. El volumen merece tres críticas y una de ellas afirma que son novelas muy desagradables. Se inspiran en hechos históricos y en un sueño del autor.

El viaje a Atenas narra la peripecia de un revolucionario griego que regresa a combatir la dictadura de los coroneles. Enfermo, su aventura exterior se mezcla con los recuerdos y visiones que su singular estado de ánimo recrea. Labios descarnados es la historia de una resurrección: un profesor español de Literatura marcha en barco a Estados Unidos para dar unas conferencias y cae al mar. Cuando vuelve a la vida se enfrenta a la posibilidad de sufrir un cáncer de próstata.

El viaje a Atenas y Labios descarnados aparecen antes que Días de llamas, pero se han escrito después. Días de llamas, una novela de casi cuatrocientas páginas que se lee de un tirón, se desarrolla en el Madrid sitiado y es la historia de un juez defensor de la legalidad republicana. Juan Iturralde se retrató en ese juez, protagonista de su novela, que acaba preso -y a la espera del paseo- de los milicianos.

Cuando Carlos Barral lee Días de llamas son los últimos años de la dictadura y no se decide a editarla porque considera que la censura lo impedirá. Ya muerto Franco, la desaparición de Barral Editores lleva a Juan a otras instancias.

En Alfaguara han leído su novela Juan Benet y Juan García Hortelano. La opinión es favorable, pero el director de la editorial, Jaime Salinas, tiene cubierto el cupo de publicaciones para tres o cuatro años.

Al editarse en La Gaya Ciencia, en 1979, Días de llamas obtiene inmediatamente reconocimiento crítico. Juan Iturralde ha conseguido imponer su seudónimo y sus ideas sobre la novela: "Creo en la novela novelesca. La novela tiene que seducir, hipnotizar. El objetivismo me parece un ejercicio de solfeo".
Le gustan las canciones de la Piquer y aborrece el sufrimiento. Su "gran sentido de la realidad" le hace incompatible con el ballet, la ópera y la zarzuela. Ya jubilado, en su piso del barrio madrileño de Salamanca, escribe lentamente Hans y las lluvias de abril, una novela acerca del mito de Fausto.

Literariamente riguroso, intentando combinar precisión y amenidad, Juan Iturralde, definitivamente recuperado por las editoriales, analiza el proceso de escribir con técnica jurídica: "Si haces un recurso de casación, echas mano del Código Civil; en cambio, cuando escribes literatura, no tienes donde agarrarte."