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"Labios descarnados" (LcLibros)

La editorial digital LcLibros recupera la novela de Juan Iturralde Labios descarnados y la pone a disposición de los lectores en papel a través de Amazon.
El protagonista de Labios descarnados no tiene nombre. Sus días transcurren entre la rutína del despacho, la del hogar y la nimiedades que conforman su vida cotidiana. La única inquietud que paradójicamente le mantiene vivo es un informe médico sobre su salud, que no se atreve a recoger. Por eso, cuando le proponen que dé unas conferencias en Nueva York, no lo duda. Se embarca con su mujer pero lo que prometía ser un feliz viaje, debido a un desgraciado accidente, le hará ver los ojos de la muerte. A partir de entonces, tendrá que luchar por recuperar la ilusión de la juventud que abandonó a cambio de una madurez cómoda y anodina.
Detrás de esta travesía se esconde en realidad un viaje de ida y vuelta al interior de la naturaleza humana que Juan Iturralde consigue reflejar en toda su complejidad, convirtiendo al lector en cómplice de una vida que acabará siendo también la suya.

"El viaje a Atenas" de Juan Iturralde en el Kindle y en Edibooks

Ya está a la venta la nueva edición digital en formato epub de "El viaje a Atenas". Puede adquirirse a través del portal Edibooks.
También se puede adquirir la edición para el Kindle de Amazon

Ioannis, un viejo revolucionario griego, vuelve a Atenas. Ha sufrido mucho: sus pulmones, destrozados por los trabajos forzosos que le impusieron los alemanes, le aportan más dolor que oxígeno, y sólo el alcohol le ayuda a paliar su angustía física y moral. Lleva consigo unos cuantos kilogramos de explosivos y un pesado lastre de ideas en las que ya no sabe si creer. En la capital griega, todo -las ideas, el dolor y su lenitivo, y hasta la sangre inocente derramada por los explosivos- se conjuga contra él, enfrentándole a un sentimiento de culpabolidad que acaba por resultar insoportable.

El tema de “El Viaje a Atenas” es actual y, desgraciadamente, eterno. La revolución ideológica y el difuso límite de su violencia tienen calificaciones diversas y a menudo contradictorias, pero siempre queda la muerte, -de unos o de otros- y su dificil justificación.

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"Hans y las lluvias de abril"



"Esta novela pertenece y se encuadra dentro de aquella alta estirpe de la comunicación lingüística que fue conocida como Literatura y que, como los dinosaurios en su tiempo, se extinguió a finales del siglo XX. La estirpe de Cervantes, Shakespeare, Sterne, Flaubert, Melville, Thomas Mann, Robert Musil, Kafka, Virginia Wolf, Faulkner, Juan Benet, Canetti, Sánchez Ferlosio, Dürrenmatt y muchos, aunque no demasiados, otros. Una estirpe dedicada a trazar el mapa interior de la tradición humanista, los grandes ejes abstractos o concretos de la condición humana, los nudos de tensión entre las vidas individuales y una realidad social casi siempre hostil, ancha y ajena".

Constantino Bértolo

"Días de llamas"



Editorial Debate, Madrid, 2000


Contada en primera persona por su protagonista, Tomás Labayen, juez de instrucción, condenado a muerte durante la contienda, aguarda en una celda madrileña a que esa condena tenga lugar. La novela argumenta y recorre la historia trágica de este personaje y de su entorno familiar siguiendo las diversas líneas en que se produce y desgarra su existencia durante la guerra.


(Reproducimos, con permiso del editor, las primeras líneas de la novela)


Ha empezado un día más. Primero, unas pisadas en el techo, un rumor de pasos apenas reconocibles entre los ronquidos y las respiraciones y, sin embargo, lo bastante diferentes para despertarme al oírlos. En seguida, el sobresalto producido por un golpe en algún sitio del pecho y una paletada de ceniza fría en el rostro; no estoy en mi habitación de la calle de la Princesa ni en la casa de Ayala sino en un sitio extraño como una decoración de teatro y, al mismo tiempo, tan real que no puede ser una decoración. Luego, el olor de los cuerpos, de las ropas sucias, del cubo donde desahogamos nuestras necesidades, de la tierra húmeda que viene del jardín y se cuela por el montante de la puerta; más tarde, la trepidación de un metro que es un testimonio del mundo donde estábamos antes, de que sigue existiendo y de que hay dos mundos distintos, el nuestro y el de fuera. Después, la bocina del coche llamando con insistencia al que me ha despertado. Abro los ojos, ya es inútil empeñarse en dormir. Por el montante entran la luz y el peso del nuevo día, tan largo y tan helado como los anteriores, se ha terminado la anestesia del sueño que me ofrecía un refugio o la ilusión de un refugio; estaba soñando con un viaje a un país desconocido en el que la tierra estaba cubierta de gusanos, tan gordos como mi muñeca, y con una gran montaña amoratada al fondo. Recuerdo...

"Labios descarnados"


Labios descarnados
Prólogo de Luis Suñén
Editorial Viamonte , Madrid, 2002

(Reproducimos, con permiso del editor, las primeras líneas de la novela)

A los cincuenta y tres años todavía se conservan las ganas de vivir, aunque haya desaparecido el sabor a caramelo del entusiasmo y aunque acaben de caerle encima a uno las radiografías y el informe del radiólogo y se esperen confirmaciones más inapelables. Ya se ha visto de cerca la muerte y no sólo en la remota guerra civil y, en alguna ocasión, se ha sentido el deseo de terminar para escaparse de las innumerables maneras de pasarlo mal que nos esperan a todos, entre ellas, la del relieve prostático y demás síntomas que pueden ser el fin. Pero, por el momento, lo que tiene delante es el viaje, la maleta, el paraguas y la gabardina, y lo que hace es palparse el bolsillo para comprobar que no tiene cigarros y dirigirse al estanco, comprarlos, inclinarse para recoger una moneda que se le ha caído y “¡Que es esto!”, un pinchazo en un párpado, un pinchazo tan sorprendente como si le estuvieran clavando una pistola en los riñones, y una gorda que lleva en su bolsa unas agujas de tejer con las puntas hacia arriba.-¡Señora! No me ha dejado tuerto de milagro. Ya podía tener más cuidado con sus agujitas.La cara de culo estupefacto de la gorda, un balbuceo torpe de disculpas entreverado de ¡perdone, perdone!, la estanquera interviniendo: “¿No sabe que hay unas cositas con unas gomas que...?”, “Pero ¿cómo iba a suponer yo que se agacharía sin mirar?”, una mancha de sangre en el pañuelo, un ligero escozor y nada más. Pues sí que empezamos bien; se traga sin dificultad una bocanada de insultos porque ha sido un accidente y ha tenido él la culpa por su precipitación. Las deja discutiendo, acusando una, excusándose la otra, se encamina al andén, y le da por elevar sus pensamientos al reino de las generalizaciones de filosofía en ropas menores recibida de su padre: este pequeño episodio es tan ineluctable como un terremoto en el Perú, el régimen anticiclónico que está convirtiendo en un desierto la sabana de Africa o lo que apuntan las radiografías y el relieve prostatico. El talgo está formado en la vía uno, coche 111, el asiento que está junto a la ventana, algún extranjero precavido –y esquilmador- y por suerte ninguna persona con quien se vea obligado a hacer el viaje, hablando, intercambiando ruidos informativos, opiniones juiciosas –de esas que resultan del eclecticismo, aunque conduzca a sostener que entre dos, uno que sostiene que tres y tres son cuatro y otro que seis, se opte por la opinión intermedia y se diga que tres y tres son cinco-, comentarios sobre temas sin interés, porque la cortesía y el pudor no le dejarán hablar de su próstata. Bueno, una tregua de cinco horas y media largas no le vendrá mal después de dos meses de trabajo y de descubrimientos que le acabaron poniendo ante la puerta del médico: “Amigo mío, usted vivirá cien años”. “Pero si siempre tengo algún agujero”. “No lo digo porque rebose salud sino porque es tan aprensivo que no habrá ocasión de que se le escape a cualquier médico lo que pueda tener en el futuro”. “¿Y en el presente?”. En el presente, al radiólogo, a tiritar sobre la mesa, a extender un brazo para el antihistaminico y el otro para la inyección de contraste, las tres radiografías, porque ha sido necesario repetir una. Y otra vez al trabajo, que cada vez le importa menos, y al médico optimista. “Cuando vuelva le haremos un análisis de fosfatasas. Y entretanto, tómese un comprimido de esto en cada una de las tres comidas”. Reuniones, balances, previsiones para impuestos, subidas de precios que siempre se producen cuando se desmiente que vayan a subir, frenazos en las líneas de crédito después de haber estimulado las inversiones. En fin, lo de siempre y como siempre y, para él, acaso para siempre.

"El viaje a Atenas"


El viaje a Atenas

Prólogo de Constantino Bértolo

Editorial Viamonte , Madrid, 2001


Ioannis, un viejo revolucionario griego, vuelve a Atenas. Ha sufrido mucho: sus pulmones, destrozados por los trabajos forzosos que le impusieron los alemanes, le aportan más dolor que oxígeno y sólo el alcohol le ayuda a paliar su angustia física y moral. Lleva consigo unos cuantos kilogramos de explosivos y un pesado lastre de ideas en las que ya no sabe si creer. En la capital griega, todo –las ideas, el dolor y su lenitivo, y hasta la sangre inocente derramada por los explosivos- se conjuga contra él, enfrentándole a un sentimiento de culpabilidad que acaba por resultar insoportable.


(Reproducimos, con permiso del editor, las primeras líneas de la novela)


Un viaje muy largo para hacerlo en tren, pero la organización tenía pocos recursos y no podía pagarle un pasaje en algún avión de la Olimpic que, desde París, le hubiera depositado en Atenas. Ni siquiera le habían sacado couchette como en otras ocasiones. Muy largo y muy incómodo y, en lo más recóndito de sí mismo, absolutamente inútil en el mejor de los casos. Ioannis Vithynos, alias Doirani, alias Kastoriatis, alias Andreas, alias el Ateniense y otros cuatro o cinco alias más, miraba por la ventana un paisaje difuminado por la lluvia y la velocidad. Pronto llegarían a la frontera suiza, pero le quedaban tres más y, al final, la peor, la última, después de haber pasado por Skoplje, el lugar de donde era originario su padre, muerto en un campo de concentración. (...)